Jardines y palacios en Potsdam

A 26 km de Berlín (sólo a una media hora del centro con la línea S1), se encuentra una ciudad emblemática de obligada cita para turistas y residentes. Potsdam, con sus parques y jardines omnipresentes y más de una veintena de lagos, abre sus brazos para desplegar su rabiosa historia y, sobre todo, una arquitectura fascinante que nos hace sentirnos lejos, muy lejos del ritmo siempre imparable de Berlín, pese a su proximidad. Conocida como la “Versalles alemana” por la grandiosidad de sus palacios, Potsdam resulta ideal para pasear, relajarse, soñar y remontarse al siglo XVIII prusiano, como bien saben sus 500.000 visitantes anuales.

Vista del palacio Sanssouci desde abajo

Tranquilidad, sosiego y una especie de encanto con gusto a tiempos pasados es lo que se siente garbeando por esas calles. Una vez dejada atrás la estación principal de tren, llegando al corazón de la ciudad a través del puente que cruza el río Havel, nos enteramos que Potsdam fue en sus orígenes una aldea de pescadores. En el decimoctavo siglo vivió su máximo apogeo cuando la Corona Prusiana hizo de él su residencia habitual y fue también el hogar de importantes personajes de la época, como Mozart. Más tarde, en la Guerra Fría, se convirtió en un punto de convergencia clave. Hoy es una ciudad universitaria de estilo medieval, siempre en continuo desarrollo.

Dejando a la espalda los tonos suaves en los edificios y las calles silenciosas, llegamos a una de las tres puertas claves de “la ciudad de los castillos”: la puerta de Brandemburgo.La puerta de Brandemburgo de PotsdamLlama la atención su color amarillo y resulta, en cuanto a formas, mucho más tosca que su homónima en Berlín de estilizadas columnas. Quizá más similar al Arco del Triunfo parisino o a la zona central de la Puerta de Alcalá de Madrid que a la propia puerta berlinesa. Este monumento neogótico fue construido tras el triunfo en la Guerra de los Siete años y se dice que es la verdadera puerta de Brandemburgo, ya que se construyó una veintena de años antes que el conocido monumento europeo. Esta zona es una de las más concurridas de la ciudad, con su larga avenida que da a parar al Barrio Holandés, llena de cafeterías y comercios. Resulta noticiable la diferencia de este mismo sitio entre el otoño, tan sobrio él, y el verano, donde la música, las mesas y los dulces animaban el bulevar.

Esta vez nuestra visita se centró especialmente en el extenso Parque Sanssouci, donde sus zonas verdes, sus cariátides y, por supuesto, los edificios marcados con la huella Unesco, hubieran hecho las delicias de todo apasionado del arte. Los monumentos de este parque son testimonio del importante papel que tuvo Potsdam en la historia alemana.

El arte rococó en todo su esplendor se ve en el majestuoso palacio Sanssouci, construido según las órdenes del prusiano Federico El Grande. Fascina su luminosidad y la curiosa mezcla de sus colores verde (mezcla de turquesa y esmeralda) y amarillo claro. Mención aparte merece la larga escalinata de bordes abiertos que nos lleva hacia la misma fachada. Tres datos: está inspirado en las villas de los Medici de Roma y Florencia, se encuentra rodeado de viñedos y su nombre, en francés, quiere decir “sin preocupación“. No en vano, resulta un lugar idóneo para relajarse, leer un libro, o pasear en pareja, pues todo en el parque irradia romanticismo.

Fachada del majestuoso palacio Sanssouci

Al lado del palacio se ve el “ala oeste” o “ala de las damas”, donde se alojaban las mujeres, quienes no tenían acceso al palacio principal. El rey Federico llegó a Potsdam recién separado de su esposa, que permaneció en Berlín, por lo que decidió construir una residencia exenta de presencia femenina.

A la izquierda de esta joya del rococó se encuentra la modesta tumba del soberano cuya superficie está plagada de patatas. Se dice que este monarca ayudó a paliar el hambre de su pueblo gracias al cultivo masivo de este tubérculo- el cual él jamás probó por considerarlo un alimento de clase baja- y, en agradecimiento, la gente deposita, aún hoy, patatas en lugar de las habituales flores.

El Neues Palace, mezcla barroca y neoclásica

Caminando hasta el otro extremo del parque, aguarda la opulencia del

Neues Palais- Palacio Nuevo-. El derroche del lujo se percibe claramente en esta figura majestuosa. Los números nos impresionan: Más de doscientas habitaciones y cuatrocientas estatuas construidas en piedra arenisca – ni una sola repetida- ornamentan el palacio y los edificios auxiliares. Curiosa mezcla entre el barroco y el neoclasicismo donde se percibe el uso de la forma curva, múltiples columnas y varias pilastras con predominio del color teja en la fachada.

Mucho se podría decir sobre esta peculiar ciudad testigo de históricos escenarios, esencia de lo prusiano y con una vasta cantidad de zonas verdes, por lo que dedicaremos más artículos a seguir descubriéndola y hablar de ella, de su magia y las anécdotas que la envuelven.

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